Alonso Rodríguez Eternod

Rafael Mondragón

Oswaldo Zavala

J. M. Servín

Diego Fonseca

El miedo no anda en burro:  el ejército y la falta de soluciones políticas en el combate al crimen organizado

Alonso Rodríguez Eternod

 

Licenciado en Políticas Públicas por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y asistente de investigación del Colectivo de Estudios de Drogas y Derecho (CEDD).

 

Los asesinatos extrajudiciales por parte de las fuerzas armadas han puesto a México bajo el escrutinio de las organizaciones protectoras de derechos humanos —tanto nacionales como internacionales—. En ocasiones, se analizan y juzgan las acciones de los militares, pero no sus motivos. Las entrevistas realizadas por Cadena de Mando nos permiten conocer el otro lado de la historia, la de los soldados que cometen estos crímenes.

Dentro del cúmulo de información que presenta el reportaje, llaman la atención las razones de los soldados para cometer asesinatos extrajudiciales: 1) porque se los ordenaron, 2) por rencor contra los presuntos delincuentes y 3) porque consideran que el procedimiento judicial (carearse con el delincuente, presentarlo ante el Ministerio Público, trasladarlo a un hospital para que reciban atención médica) los pone riesgo. Las primeras dos razones se han abordado ampliamente en la discusión sobre la militarización de la seguridad pública (ver aquí y aquí, por ejemplo). Sin embargo, el miedo de los soldados ha pasado desapercibido:

 

“A veces detenerlo es más complicado porque lo tienes que llevar al hospital, a veces el mando nos decía que para evitarse trámites, pues mejor tirarle (…) Así lo manejaban, porque también si lo pones a disposición, te conoce porque te careas con él, sale y busca su desquite. A dos o tres compañeros los mataron porque se carearon con personas y pagaron un dinero y salieron libres y buscaron venganza”, dijo Ramiro, uno de los seis soldados entrevistados.

Este testimonio muestra que los militares tienen miedo a las venganzas del crimen organizado, a lo que les pueda ocurrir a sus familias, a desobedecer órdenes. Es difícil imaginarnos —y reconocer— que los soldados tienen miedo. Pero el miedo no es síntoma de cobardía, sino de humanidad.

 

El testimonio de Ramiro muestra también la falta de confianza del ejército en otras corporaciones de prevención, procuración e impartición de justicia —policías, ministerios públicos, jueces— y en el debido proceso. Ante esto surgen los siguientes cuestionamientos: ¿qué tanto confía el ejército en las policías (y viceversa)? ¿qué tanto confían los militares en los jueces y en el sistema de impartición de justicia? Lo que se desprende de las declaraciones del titular de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), el General Cienfuegos, es que el ejército y la marina son los únicos que combaten al crimen organizado:

 

Estamos haciendo una función para la que no estamos estrictamente preparados. Hemos aprendido sobre el tiempo que hemos ya estado en esto, pero no es nuestra función y ninguno de nosotros vino a las fuerzas armadas para hacer esto. Lo hacemos porque es una orden, lo hacemos porque estamos conscientes que de no hacerlo las instituciones armadas en el país no hay quien lo haga. [minuto 38:45-39:10]

 

Los testimonios muestran la falta de confianza del ejército en otras corporaciones de prevención, procuración e impartición de justicia.

Aunque las fuerzas armadas no son las indicadas para combatir a la delincuencia organizada, son las únicas que realmente lo hacen. El ejército y la marina se sienten solos en el combate al crimen organizado y, desde su perspectiva, la construcción —o reconstrucción— de las fuerzas policiales no avanza al ritmo que el país requiere.

 

Lo que necesitamos son cuerpos policiales confiables, bien preparados, capacitados, bien pagados y que tengan el respaldo de la sociedad y que tengan también una certeza de su trabajo, que tengan seguridad social. Creo que ahí es donde se tiene que poner el énfasis, y que lamentablemente debo reconocer que no hemos caminado a la velocidad que quisiéramos. Entre más pronto las fuerzas policiacas puedan atender estos problemas nosotros estaremos un poquito más lejos de atenderlos. [Minuto 37:41- 38:13]

 

Ante esta situación, ¿qué alternativas se han construido? La última propuesta presentada por el senador del PAN, Roberto Gil Zuarth, no propone la reconstrucción de las policías locales, el fortalecimiento de los Ministerios Públicos, ni el fortalecimiento del sistema penitenciario y su capacidad para rehabilitar. En cambio, lo que propone es darles más facultades a las fuerzas armadas para recibir denuncias, investigar delitos, detener personas, entrevistar detenidos y proporcionar atención a víctimas, entre otras (ver el artículo 29 de la iniciativa).

 

La propuesta no pretende construir o fortalecer instituciones que acompañen y, eventualmente, sustituyan al ejército. Lo que plantea es incrementar las funciones de las fuerzas armadas y aislarlas aún más de las instituciones diseñadas específicamente para la persecución y procuración de justicia.

 

La iniciativa refleja el deseo de la clase política de otorgar a los militares atribuciones para las que no están capacitados y que no quieren. El uso del ejército para el combate al crimen organizado es una forma de “aventar el paquete” y es una muestra de la incapacidad de la clase política para generar soluciones sostenibles a los problemas de la sociedad.

 

Iniciativas como la de Gil Zuarth buscan aislar a las fuerzas armadas de instituciones de persecución y procuración de justicia.

Convierte en policías a instituciones diseñadas para proteger al país de amenazas externas y para intervenir en crisis específicas y acotadas. El ejército y la marina no son policías, ni agentes del Ministerio Público, ni jueces, ni psicólogos (por eso de la atención a víctimas). La razón de la existencia de las fuerzas armadas y de las policías es completamente diferente y responde a necesidades distintas. La conflación de funciones que propone la iniciativa implica la resignación a que las policías no funcionan y nunca lo harán.

 

Carta sobre el dolor, la incomodidad y la furia

Queridas Daniela y Mónica, querido Pablo:

 

¿Cómo explicar el dolor, la incomodidad, la furia que nace de ir leyendo Cadena de Mando? ¿Y cómo no poner en relación esos afectos con una experiencia que podría parecer incomprensible: la de la creciente cantidad de amigos que leen el sitio, se pasan la dirección de la página, aluden a sus textos, grabaciones y videos en conversaciones compartidas, y al tiempo, no escriben públicamente sobre el sitio, no comentan lo que piensan y sienten? ¿Cómo no ponerlos en relación con mi propia dificultad para escribir este texto, que hoy decidí entregarles así, como una carta abierta que quisiera compartirse con otros miles de destinatarios que también son lectores y quizá también sintieron ese dolor, esa incomodidad y esa furia?

 

Hacia ellos también me dirijo, como uno más de los lectores que ha ido construyendo una relación personal, secreta e invisible con el sitio. Como muchos de ustedes, he trabajado junto a mis estudiantes con esos textos, audios y videos. Como muchos de ustedes, también yo los he comentado con familiares y colegas. Como muchos de ustedes, también yo he ido asumiendo la condición de testigo incomodado y sorprendido. Y es que la interpelación que recibimos es difícil de asumir. Es radical y generosa. Representa un avance sustantivo desde las primeras reflexiones que las Periodistas de a Pie, como grupo, tuvieron en torno del valor del testimonio de las víctimas, la construcción de un lenguaje que no reprodujera el horror y la recuperación de las prácticas que cuidan la vida en un contexto de muerte. Desde el horizonte ético que las Periodistas de a Pie construyeron en esas primeras aproximaciones, que ya tienen más de cinco años, han ido avanzando hacia preguntas relacionadas con la construcción social de la impunidad: la impunidad, no sólo como un hecho político, con un conjunto de beneficiarios, una racionalidad y una direccionalidad clara, sino también como un proceso social, que se vuelve posible por la cooperación pasiva de un conjunto de sujetos educados en las pedagogías de la obediencia debida y la indiferencia virtuosa, y subjetivados en el  terror, la crueldad y el desamparo.

Cadena de Mando nos obliga a pensar en cómo hemos colaborado en la construcción de esos soldados a los que nos hemos acostumbrado a insultar como “otro negativo” que no tendría nada que ver con nosotros.

Con ello, los que trabajan en Cadena de Mando nos han ayudado en la construcción colectiva de un diagnóstico de esta guerra que trata de romper con el “infantilismo social” tantas veces criticado por Pietro Ameglio y otros miembros del colectivo Pensar en Voz Alta: un infantilismo que pone la atención en el resultado final del proceso de violencia que estamos viviendo sin preguntar por los procesos que hacen posible dicho resultado. Que pone la atención en el número de muertos y la espectacularización de los asesinatos sin preguntar por los procesos que han hecho posible que una cantidad importante de personas ponga su cuerpo en acciones que producen la muerte. Al mismo tiempo, los que trabajan en Cadena de Mando nos están obligando a pensar en cómo todos nosotros, como sociedad, hemos colaborado en la construcción de esos soldados a los que nos hemos acostumbrado a insultar en marchas y manifestaciones, como “otro negativo” que no tendría nada que ver con nosotros. Y las reflexiones que comienzan a emerger a través de Cadena de Mando alimentan una pregunta de la cual como sociedad pronto tendremos que hacernos cargo: cómo trabajaremos con los perpetradores de la violencia de Estado, y en qué procesos de justicia y reparación tendremos que comprometernos junto a ellos (o al menos, junto a algunos de ellos), si es que en verdad deseamos construir una paz duradera.

Las reflexiones de Cadena de Mando ayudan a una caracterización de la cultura de la obediencia debida a órdenes inhumanas que es propia de nuestro México.

Por esa razón valoro especialmente los registros de las entrevistas de los seis militares cuyo testimonio fue presentado en las primeras partes del sitio. Es necesario que ellos comiencen a hablar, y para ello también es necesario cooperar en la construcción de espacios protegidos en donde pueda circular su palabra. Quizá no es ocioso decir que, en el contexto de la experiencia de los perpetradores, “entender” no significa “justificar”.

 

Las reflexiones que comienzan a aparecer en Cadena de Mando ayudan a una caracterización de la cultura de la obediencia debida a órdenes inhumanas que es propia de nuestro México, e invitan a ser leídas en conexión con otros grandes trabajos periodísticos que fueron también obras de pensamiento, como el clásico reportaje de Hannah Arendt sobre los Juicios de Nuremberg (Eichmann en Jerusalén, que hoy se lee en carreras de filosofía, fue primero un reportaje periodístico. Ese detalle olvidado hoy debería enseñar cosas importantes a filósofos y periodistas). Algunos de esos rasgos merecen ser profundizados a través de nuevas entrevistas, y contrastados con trabajos de investigación realizados en otros lugares. Me interesan especialmente los siguientes:

 

La construcción de situaciones de puesta en riesgo, directo e indirecto, en donde el “matar o morir” deviene necesario para la normalización, a través de la angustia, de situaciones de obediencia hacia órdenes que en otro momento serían difíciles de acatar (aquí interesa mostrar que muchas aparentes “fallas” en la formación de los militares devienen productivas desde el punto de vista del proceso de obediencia que se trata de construir) (¿qué significa, por ejemplo, que a Felipe lo hayan mandado “a la sierra, de supervivencia”?);

 

La construcción del aislamiento, mental y físico, que vuelve difícil la aparición de situaciones de reflexión colectiva, junto a personas que están fuera del proceso, sobre el estatuto moral de las acciones que se realizan dentro del grupo alienado (en este tema existe la posibilidad de dialogar con trabajos clásicos, como los del psicólogo social Stanley Milgram, y con recuperaciones contemporáneas de dichos trabajos, como la de Zygmut Bauman);

 

La construcción de la complicidad, necesaria para que el sujeto alienado entre en una situación en donde le es difícil detener una acción que sabe ilegítima (este tema ha sido especialmente importante para explicar el funcionamiento de grupos paramilitares como las PAC de Guatemala, y la investigación de Cadena de Mando podría beneficiarse mucho de trabajos como los de la antropóloga Victoria Sanford);

 

El trabajo ilumina temas en los cuales la sociedad puede intervenir: acciones culturales y políticas para romper el aislamiento; acciones terapéuticas y sociales para romper con la complicidad autoasumida; acciones educativas, acciones jurídicas que limiten la omnipresencia del castigo.

La omnipresencia del castigo, trabajada ante todo en la sección “Obediencia”, pero presente en todos los testimonios en donde los militares se quejan de que el castigo puede llegar todo el tiempo, tanto si obedecen (porque se quejan los defensores de derechos humanos), como si no lo hacen (porque las leyes militares los condenarán, incluso si la desobediencia fue motivada por una decisión moral o por el deseo de no infligir una ley). Me parece que dicha omnipresencia tiende a fortalecer lo que Milgram llamaría “estado agéntico”, es decir, el deseo de delegar la propia responsabilidad en un otro que tiene poder suficiente como para hacerse responsable de lo que hace a través mío. El tema está bien expuesto en el testimonio dibujado en el cómic de “Capacitación” (“nosotros somos un arma, un arma de guerra, una pieza clave para enfrentar la guerra”), y en todo el capítulo  “Obediencia”, que tiene frases tan impactantes como “somos las manos de alguien más”. Además de Milgram, en esta parte me resonaron las reflexiones de Erich Fromm sobre los procedimientos psicológicos propios de regímenes totalitarios.

 

La desaparición de la capacidad individual para elaborar un juicio moral, presente en las palabras de Ramiro, “ya no había reglas ni de uno ni de otro bando”. La moral no es un tema menor: la capacidad para desobedecer a órdenes inhumanas pasa por la capacidad de elaborar una juicio moral autónomo respecto de la moral de la orden impuesta por el proceso de obediencia. Y aquí el tema no se sitúa sólo en el orden de lo ilegal, que es el que se trabaja en las páginas finales de Cadena de Mando, sino en el orden de lo ilegítimo, que es más importante, y también más difícil de construir.

 

Cada uno de estos rasgos es importante porque ilumina temas en los cuales nosotros, como sociedad, podemos elaborar estrategias de intervención: acciones culturales y políticas para romper el aislamiento; acciones terapéuticas y sociales para hablar colectivamente, tomar responsabilidad por lo que se ha hecho y romper con la complicidad autoasumida; acciones educativas para fomentar espacios en donde se elabora colectivamente la capacidad de juicio moral; acciones jurídicas que limiten la omnipresencia del castigo a partir de una consideración más fuerte de la legalidad, que juzgue las ejecuciones extrajudiciales como crímenes de lesa humanidad y violaciones a los derechos humanos, y ayude a que otros soldados puedan enfrentar individual y colectivamente las órdenes inhumanas… Queridos amigos: ¿será soñar demasiado? ¿Será que soy demasiado ingenuo?

 

Los lectores vemos cómo se amplía esa noción de “enemigo”: quien anda en grupo en una camioneta, quien viste tatuado o rapado, quien anda en coche con su pareja y un niño… Todos somos potenciales enemigos

Como filólogo, también me interesan los testimonios que muestran la construcción de un lenguaje donde nace la noción de “enemigo”. Decirle “guerra” a la situación que estamos viviendo el país; dar estadísticas utilizando el nombre “enemigo”, a pesar de que, como dice Israel, cuando eres soldado “no disparas a un enemigo, disparas a tu paisano”; el funcionamiento de eufemismos que “ocultan” la acción violenta en verbos como “neutralizar” y expresiones como “quiero chamba, quiero que metan trabajo, quiero que metan resultados” (que significan ‘asesinar’); el verbo “erradicar” (que significa ‘asesinar a un grupo social’, no sólo a un individuo”; la expresión “echarles agüita” (que significa ‘torturar’); llamar anticipadamente a los posibles muertos como “traidores a la patria” y “pinche delincuencia”… Recordé inmediatamente el libro del filólogo Victor Klemperer, que analizó la transformación de la lengua alemana en tiempos del nazismo, y el de Marguerite Feitlowitz, Un léxico del terror, que trabaja en términos similares lo que ocurrió en la dictadura argentina. Más adelante, en “Capacitación”, los lectores vemos cómo se amplía esa noción de “enemigo”: enemigo es el que anda con dos personas más en una camioneta, el que viste tatuado o rapado, y después también puede ser el que anda en coche, en moto, con una playera polo, con su pareja y un niño… Todos somos potenciales enemigos.

No sólo se trata de acatar la ley, sino de resguardar la dignidad e integridad de la vida, incluso si la ley pide lo contrario.

 En torno de este problema puede construirse una reflexión que articule la dimensión social de este proceso de obediencia hacia órdenes inhumanas con su dimensión política. Recuerdo especialmente el trabajo expuesto en el Informe Bourbaki, que identifica tendencias en la violencia realizada por el “orden legal” y el “orden delictual” en el año de 2008. Si las tendencias expuestas en dicho informe se mantienen, el “dominio del orden legal” hoy estaría orientándose primariamente hacia organizaciones sociales en los espacios en donde la sociedad presenta resistencia a los procesos legales e ilegales de acumulación de capital, y hacia el orden delictual en espacios en donde varios grupos criminales disputan por el monopolio de mercancías ilegales. Eso quiere decir que en muchas ocasiones el ejército no está combatiendo el narcotráfico, sino que está protegiendo a unos narcotraficantes sobre otros, y también está combatiendo contra la población cuando ella se opone a Estado y narcotraficantes. Si ello sigue siendo así, entonces ¿por qué es necesario que los soldados se sientan en riesgo, piensen que tratan con “traidores a la patria”, no lleven formación en derechos humanos, etcétera?

Una última nota. Me preocupa, no sólo por parte de Israel, sino también por parte de expertos consultados (como Benítez-Maraut), una cierta correlación que se establece entre baja escolaridad, proveniencia geográfica y propensión a violar los derechos humanos. No sé si allí no habrá un cierto racismo interiorizado, que lleva a pensar que la gente de las ciudades, con altos niveles de educación, etcétera, es menos capaz de abusar de la gente. También me preocupa que la parte final del reportaje se enfoque únicamente en la ilegalidad de ciertas órdenes. El tema no es sólo si un soldado puede desobedecer una orden ilegal, sino si puede desobedecer una orden ilegítima, inhumana. No es lo mismo, y menos aún en México. No sólo se trata de acatar la ley, sino de resguardar la dignidad e integridad de la vida, incluso si la ley pide lo contrario. Como dicen Javier y Alberto, el problema es que “no nos enseñan a decir ‘aquí está mal’”. Me pregunto si esa capacidad de decir “aquí está mal” tiene que ver con la escolarización o la proveniencia geográfica. Me pregunto cómo se construye esa capacidad. ¿Cuáles son sus variantes? ¿Qué nos enseñan a ese respecto los testimonios de militares que, en determinado momento, decidieron no acatar una orden que sabían inhumana? Esas historias, ¿existen?

 

Abrazos cariñosos y solidarios,

 

Rafael Mondragón.

Cadena de mando: el enemigo somos todos

Oswaldo Zavala

College of Staten Island & The Graduate Center

City University of New York (CUNY)

 

El 21 de enero de 1976, Michel Foucault condujo la tercera sesión de su curso “Defender la sociedad” en el Collège de France. Su línea de investigación proponía ese año un giro radical en el examen de las lógicas de poder en el gobierno, las “instituciones disciplinarias” (las escuelas, el ejército, las prisiones) y la cuestión fundamental de la soberanía estatal. Según Foucault, la noción de soberanía sólo puede entenderse al dar por sentado un tipo de “unidad del poder” que permite explicar el ciclo de dominación entre sujetos dentro en un marco de legitimidad y legalidad.

 

Con su nuevo proyecto de investigación, Foucault articuló una “teoría de la dominación” analizando a “los operadores de dominación de las relaciones de poder”. Menos como el intento de fundar las razones que llevan a los individuos a someterse a relaciones de poder, Foucault buscaba entonces “mostrar cómo los fabrican las relaciones de sometimiento concretas” (50). Resistiéndose a conceptualizar el poder como el privilegio centralizado en la soberanía estatal del presidente o un primer ministro, por ejemplo, Foucault decidió examinar la manera en que las relaciones de poder producen a los mismos individuos que dominan.

 

Para fisurar la noción de soberanía, Foucault elije la práctica de la guerra como la tecnología central de dominación en la sociedad contemporánea, es decir, como el punto extremo de las relaciones de poder en la modernidad. Invirtiendo el célebre dictum del barón Carl von Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios, Foucault propone comprender en cambio que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Con esta afirmación Foucault describe una constante en la supuesta paz de las democracias modernas: la guerra como el fundamento de todas las relaciones de poder, de todas las instituciones, de todos los marcos jurídicos, de todo rincón de supuesta viabilidad de la sociedad civil. Anota Foucault:

 

La ley no es pacificación, puesto que debajo de ella la guerra continúa causando estragos en todos los mecanismos de poder, aun los más regulares. La guerra es el motor de las instituciones y el orden: la paz hace sordamente la guerra hasta en el más mínimo de sus engranajes. En otras palabras, hay que descifrar la guerra debajo de la paz: aquélla es la cifra misma de ésta. Así pues, estamos en guerra unos contra otros; un frente de batalla atraviesa toda la sociedad, continua y permanentemente, y sitúa a cada uno en un campo o en el otro. No hay sujeto neutral. Siempre se es, forzosamente, el adversario de alguien. (56)

 

Tras la lectura de los seis testimonios reunidos en la investigación periodística Cadena de mando, el pensamiento de Foucault adquiere una inmediatez dramática. Las voces de los soldados entrevistados aparecen inmersas en un complejo sistema policial-militar que ha echado andar por el territorio nacional una estrategia de guerra homicida que ha trastocado profundamente las relaciones de dominación entre la sociedad civil y sus instituciones de gobierno. Este trabajo, lejos de confirmar la supuesta “guerra contra del narco” que emprendió en su momento el presidente Felipe Calderón, muestra un país asediado por las propias fuerzas del orden. Ni Los Zetas, ni el Cártel de Sinaloa, ni La Línea: una y otra vez aparecen las órdenes directas de altos mandos del Ejército Mexicano, la incitación a la violencia como primera reacción, el desprecio a la vida y la ausencia de compasión como código ético.

 

El mapa que ilustra el lugar de cada uno de los 3 mil 520 “enfrentamientos” entre militares y civiles estremece por la extensión generalizada de su violencia. Allí, donde se nos dijo que “cárteles de la droga” protagonizaron una guerra sin límites —Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua, Michoacán—, se registró una constante de horror para la sociedad civil: su ejército los atacó, los vejó, los asesinó. Más allá de una “guerra entre cárteles”, Cadena de mando registra una guerra, implacable, brutal, continua, pero desde instituciones del estado en contra de sectores de la sociedad civil, con frecuencia los más vulnerables, los desprotegidos, los marginales, a quienes se les siembran armas, se les acusa de ser “narcos”, se les victimiza, en fin, una segunda vez después del asesinato.

 

El testimonio de José, un soldado que patrulló las calles de Nuevo Laredo, Tamaulipas, lo resume no sin estremecimiento:

 

el mando te dice ‘no hay pedo, mátenlos, que no quede nada vivo, ustedes mátenlos, yo los pago’, porque haciendo memoria en el Ejército sí me tocó recibir esa orden, que no queden vivos, los muertos no hablan. Esa era la norma número uno, los muertos no hablan, los muertos no declaran. Esa es la uno.

 

Esta investigación periodística relocaliza a las instituciones militares como la condición de posibilidad de la violencia atribuida al narcotráfico entre 2006 y 2014. Entre las presidencias de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto median importantes diferencias en sus estrategias para el supuesto combate al crimen organizado, pero los altos índices de homicidios, violaciones a los derechos humanos, tortura, desapariciones forzadas, abusos de autoridad y flagrantes desacatos a toda norma civil y militar, sí revelan una misma tendencia disciplinaria excesiva e ilegal que en esta década ha transformado numerosas regiones del país en zonas de guerra.

 

Los testimonios de los soldados son cruciales porque revelan la perversa lógica sistematizada por el poder militar.

Las cifras son irrefutables: entre 2006 y 2014, 19 civiles han muerto por cada militar en los “enfrentamientos” que supuestamente deberían librarnos de la amenaza del crimen organizado. Esto es, 4 mil 046 civiles y 209 soldados. Otros 494 civiles resultaron heridos. Según el índice de letalidad establecido internacionalmente, el del supuesto combate al crimen organizado es desproporcionado, preocupante, inaceptable.

 

Ahora bien, los testimonios son cruciales porque revelan la perversa lógica sistematizada por el poder militar. Desde el entrenamiento se induce al soldado a aceptar una división esencial entre las fuerzas del estado y la sociedad civil en general, criminalizada de antemano aún antes de que comience la acción misma del patrullaje. Dice Alberto, uno de los soldados entrevistados: “Nos capacitan para una guerra, no para andar en fraccionamientos, haciéndole de policía”.

 

Entrenamiento precario, basado en prejuicios y generalidades, queda claro a los jóvenes soldados que la estrategia de acción es la violencia y su objetivo la aniquilación del supuesto “enemigo” de la sociedad. Israel, soldado desde los 18 años, dice: “Pensábamos, ‘si esto es una guerra, desgraciadamente va a haber muertos’. Desde que dices guerra, sabes que va a haber muertos. Realmente era algo verdadero, nunca he visto una guerra donde no haya muertos”.

 

Es significativo el lenguaje que utilizan los mandos militares para preparar a los soldados. El jurista alemán Carl Schmitt explica que la división esencial de lo político se basa en la distinción básica entre el amigo y el enemigo. En toda movilización colectiva, identificar correctamente a quienes comparten las ideas de un grupo y quienes se oponen a ellas, define todo espacio político de un modo general. Es importante, sin embargo, comprender que en la definición del enemigo el soldado no tiene injerencia alguna. La distinción de lo político es las más de las veces la prerrogativa de la élite gobernante. El soldado no decide la división entre el amigo y el enemigo, sino que actúa de acuerdo a ese previo posicionamiento de enemistad. Ante sus ojos, la guerra aparece como un fenómeno despolitizado, pues como advierte Schmitt, “la guerra no es el objetivo ni el propósito ni siquiera el contenido propio de la política” (34) porque en la conflagración lo político está, en efecto, acabado. Lo político existía mientras se dirimían diferencias entre actores políticos con capacidad de decisión, pero la “guerra contra las drogas” ya no es proceso vivo, sino un acto político terminado cuyo único objetivo es la total aniquilación del supuesto enemigo.

 

Al naturalizar la enemistad impuesta por el discurso oficial, la opinión pública aceptó el horror de la estrategia de estado, según registra Cadena de mando.

La “guerra contra las drogas” de Calderón fue en gran medida el resultado de la dócil adopción del discurso securitario propulsado por la hegemonía estadounidense desde la década de 1980, con la administración del presidente Ronald Reagan que definió al narco como una supuesta amenaza a la seguridad nacional. Bajo el discurso securitario, y con la ayuda de mil 600 millones de dólares (distribuidos en los tres años de la “Iniciativa Mérida”) Calderón movilizó a miles de soldados y policías federales a las ciudades con mayor tráfico de drogas. Así se impuso en México la falaz emergencia de los cárteles de la droga como el enemigo en común no sólo del gobierno sino de la sociedad civil en general. Al naturalizar esa designación de enemistad impuesta por el discurso oficial, la opinión pública ha terminado por aceptar el horror de la estrategia de estado, según registra Cadena de mando: más de 150 mil homicidios, 30 mil desaparecidos y 280 mil desplazados.

 

Esta investigación periodística pone de manifiesto cómo se reproduce el siniestro discurso que construyó la vaga imagen del “enemigo” del soldado común, ambigua e indistinguible del resto de la sociedad civil. José, otro de los entrevistados, intenta explicar esa definición del enemigo que recibió en su entrenamiento:

 

Tu enemigo es el sicario, es el narco. Te enseñan lenguaje corporal para saber identificarlos, te dicen algunas señas. Al principio (los narcos) traían camionetas o carros  con potencia de arranque, de ocho cilindros. Después todo eso cambió para despistarnos, ya andaban en motos, en coches de cuatro cilindros. Después nos la cambiaron, andaban una pareja con un niño, ya era bien difícil identificar a la maña. Antes ocupaban al típico pelón, tatuado, rapado, después nos la cambiaron con playeritas polo, bien cortaditos del pelo, los que eran sicarios de élite.

 

Según información de la Secretaría de la Defensa Nacional que recogen los periodistas de Cadena de mando, se ha movilizado desde 2006 a la fecha un promedio de 44 mil soldados en 553 municipios del país, donde invariablemente han confrontado el ataque de “agresores” que, se da por sentado, supuestamente estaban armados y habrían intentado atacar a los elementos del ejército. Adiestrados a producir resultados, los soldados admiten haber plantado armas y droga para justificar los enfrentamientos, con frecuencia ataques sin provocación en los que se dispara a un grupo de civiles por el simple hecho de conducir un vehículo con vidrios polarizados y por estar ocupado por hombres que en la imaginación del soldado conllevan una amenaza inmediata.

 

Como enseña Giorgio Agamben, el estado de excepción es la creación de las democracias modernas y no de los estados absolutistas. En Estados Unidos, como en los países europeos, se ha borrado la distinción entre la paz y la guerra para mantener a la sociedad civil bajo un permanente sitio de emergencia que valida la gradual militarización de las policías y su cada vez mayor propensión a la violencia ante la menor excusa. Bajo la necesidad inaplazable de una respuesta que desborde la ley, todo gobierno democrático echa mano de una dimensión de ilegalidad al declarar un estado de excepción en el que se suspenden las garantías y se rebasa el marco jurídico. Explica Agamben: “necessitas legem non babet, ‘la necesidad no tiene ley’, suele ser entendido en sus dos sentidos opuestos: ‘la necesidad no reconoce ley alguna’ y ‘la necesidad crea su propia ley’” (24). Bajo tal justificación, las más de 4 mil denuncias por graves violaciones a los derechos humanos reconocidas por la Comisión Nacional de Derechos Humanos entre 2007 y 2011 resultarían secundarias para las administraciones de Calderón y Peña Nieto, enfocadas, se nos dice que por necesidad, en el combate al narcotráfico.

 

Tras la lectura de los testimonios de Cadena de mando, debemos inferir que el concepto contemporáneo de narco que manejan las instituciones militares y policiales no es sino un objeto construido por el discurso de seguridad nacional adoptado por la clase gobernante en México a mediados de los noventa y diseminado sistemáticamente entre los distintos niveles de las fuerzas armadas del país. La idea del “narco enemigo” que ha fundado la violenta estrategia de combate al crimen organizado a nivel estatal y federal está basada en un estado de excepción permanente. Pero es esa estrategia, y no los cárteles oficialmente imaginados, la que se muestra en esta investigación como la condición de posibilidad de la violencia misma. Es imprescindible entonces comprender los alcances de los mecanismos disciplinarios ordenados por el gobierno mexicano y ejecutados con eficacia por el Ejército. No encontraremos en esa circulación del poder, como creen algunas opiniones apresuradas, un “estado fallido”, sino por el contrario, la terrible expresión de instituciones políticas y militares organizando a sus soldados para saturar de violencia y destrucción regiones enteras del país que debían haber protegido del crimen organizado.

 

Cadena de mando permite observar a las instituciones militares en su asedio a la población civil en nombre de un enemigo construido en la perniciosa fantasía del discurso oficial.

La noción de estado se ha convertido en el significante vacío que según el sociólogo Philip Abrams justifica las acciones de instituciones políticas que exceden la legalidad con el ejercicio de un estado de excepción permanente. Por ello es crucial, dice Abrams, desarticular la idea abstracta de estado para someter a examen a las instituciones políticas que en su nombre incurren en todo tipo de ilegalidad. Intentar explicar una atrocidad cometida por una institución de gobierno a favor de la “seguridad nacional” es el método predecible para legitimar “algo que de ser visto directamente y por sí mismo sería ilegítimo, una dominación inaceptable” (Abrams 76). Cadena de mando es así un proyecto periodístico que nos permite observar directamente a las instituciones militares en su injustificable e ilegítimo asedio a la población civil en nombre de un enemigo construido en la perniciosa fantasía del discurso oficial que ha desatado la guerra permanente en la sociedad mexicana. Cadena de mando interroga a nuestras fuerzas armadas, escucha el testimonio de sus soldados, y finalmente denuncia la criminal estrategia oficial que nos define a todos nosotros, con crueldad y alevosía, como enemigos de estado.

 

 

Bibliografía

 

 

Abrams, Philip. “Notes on the Difficulty of Studying the State”. Journal of Historical Sociology. Vol. 1, Núm. 1. (Marzo 1988): 58-89.

 

Agamben, Giorgio. State of Exception. Trad. Kevin Attell. Chicago: The University of Chicago Press, 2005.

 

Foucault, Michel. Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2000.

 

Schmitt, Carl. The Concept of the Political. 1932. Trad. George Schwab. Chicago: U of Chicago P, 1996.

 

 

Tropa nueva

J. M. Servín

Escritor

 

 

Luego de leer Cadena de mando, terminé deprimido, consternado. Con la terrible sensación de que hemos sido arrastrados a una carnicería absurda donde mexicanos pelean contra mexicanos. Parece una puesta al día de las guerras y conflictos sociales que han marcado a México a lo largo de su historia.

 

Manuel Payno intentó con Los bandidos de Río Frío escribir la gran novela mexicana del periodo de la Reforma. Ese obra monumental retrata a un país convulso por el desgobierno, la violencia cotidiana y las guerras internas. Hoy por hoy el gran fresco sobre la realidad del país se narra a través del mejor periodismo.

 

Al igual que Tropa vieja, novela de la revolución que Francisco L. Urquizo escribió tomando como punto de vista la dura realidad de los soldados mexicanos durante la Revolución, Cadena de mando es una crónica profunda con todos los elementos de la mejor escritura (claridad, sencillez) que nos expone sin partidismos un entorno despiadado.

 

Es un hecho que la guerra contra el narcotráfico es un pretexto para amedrentar la inconformidad social que se extiende por todo el país. Es además, el gran negocio de la Prohibición contra las drogas: empresas de seguridad, lavado de dinero, venta de armas, trata de personas, especulación inmobiliaria que arrasa con reservas naturales y con ejidos para beneficio de  los consorcios turísticos y de explotación de suelos.

La corrupción y el cinismo de los gobernantes mexicanos han hecho del país un outlet de tragedias y despojos.

Cadena de mando expone una manifestación (una de tantas) que gangrena al país debido a la fallida guerra contra el narcotráfico, oficializada por el gobierno de Felipe Calderón. Los testimonios de soldados del ejército mexicano sobre su participación en ejecuciones y operativos armados, son una prueba contundente del genocidio que pone a México al nivel de riesgo y violaciones de los derechos humanos de Siria, Irak o Afganistán. La investigación también descubre un aspecto poco conocido de esta guerra: la victimización de la tropa castrense por la larguísima y abusiva cadena de mando que termina con el presidente del país. La ignorancia, las pobreza y la falta de expectativas lleva a muchos jóvenes de las regiones más pobres del país a enlistarse en el ejército para quedar atrapados en un combate donde el pueblo es su espejo y su enemigo.

No puede haber mayor tristeza que un soldado que lucha sádicamente contra sus iguales.

 

No puede haber mayor tristeza que un soldado que lucha sádicamente contra sus iguales.

La guerra está con nosotros, una guerra de baja intensidad en algunas zonas (las menos), en otras más se ha vuelto cotidiana, interminable y cruenta. Entre 2006 y 2014 se han dado más de tres mil enfrentamientos armados con un promedio total de diecinueve civiles muertos por cada soldado. Al día de hoy los datos disponibles sobre los muertos en combate no han sido actualizados.

 

Hay mucho dolor y sufrimiento entre nosotros. Bajo los gobiernos que padecemos hoy en día en México, dudo mucho que sanen las profundas heridas que cargan millones de mexicanos entre los que se cuentan miles de viudas, huérfanos, desplazados, desaparecidos y ejecutados.

Cadena de mando es una valiosa aportación a la otra guerra, la de la ciudadanía contra la violencia de estado y los abusos del poder.

Me surge una aterradora reflexión: donde impera la ley de la selva, la pacificación de un país es una excusa para prolongar la guerra indefinidamente.

Si decido no matar, Mr. Carver

Diego Fonseca

 

 

1.

 

La vida y la muerte importan, decía Raymond Carver, de modo que el asunto crítico es determinar cómo uno se comporta en el mundo. Cómo uno se va —o se queda—  ante todo. “El tiempo es corto”, decía Mr. Carver, “y el agua está subiendo”.

 

2.

 

Hacía dos o tres años que no me sentaba a tomar un café con Daniela Rea y, desde que ese momento ocurrió, vida y muerte, esperanza y tristeza han estado asociados mes a mes. Conocí a Daniela en 2012, en el encuentro de Nuevos Cronistas de la FNPI Gabriel García Márquez en Ciudad de México. Daniela presentó en una conferencia su historia sobre una mujer detenida y torturada en el interior de México y de, sobre todo, la búsqueda en que se zambulló su pareja, un hombre que siempre parecía resignado a todo aunque empujase sin cesar. Al cabo, la mujer es liberada y se reencuentran. El hombre no era el padre de sus hijos —llegó después a su vida— pero en el texto había una suerte de compromiso primario con ellos. Animal y primitivo, el tipo parecía quererlos como si no hubiera más —como si no tuviera más— en la vida. No era una historia feliz. La mujer, si mal no recuerdo, había engañado o engañaría al hombre que amaba a sus niños. Aun no sé si lo quiso o lo querría, pero da igual: era una historia de la infinita tristeza humana de quienes buscan aferrarse a la vida a pesar de la vida y de ellos mismos.

 

Daniela contó esa historia con una ternura que era difícil de ver en otros reporteros allí. Me gustaba que se hiciera preguntas difíciles o extrañas para un periodista al uso. No resultaba tan determinante el peso político de la historia como su profundidad humana. Era un texto lento donde cuanto se quería decir se tejía dos o tres capas por debajo y en los intersticios de lo que se escribía. Daniela parecía, sí, zambullida en el cuento. Como si realmente le interesaran, no ya los protagonistas de su historia, sino los eslabones de esa historia en sí, el engrudo que une a las personas. La búsqueda de un sentido, el amor, la tristeza, la entrega, el honor —esas cosas de las que huimos, perdemos, lloramos a escondidas.

 

Cadena de Mando no busca demonizar a los soldados. Sino entender. Pensar en la dimensión humana, siempre más compleja que la política.

 

En mayo o junio de 2016, Daniela y yo pudimos finalmente sentarnos a una mesa de café. Fue en los sofás junto a los ventanales del primer piso de El Péndulo de Avenida Álvaro Obregón, en la Colonia Roma. Era un día cualquiera en Ciudad de México, ni frío ni calor, nada indeciso pero tampoco determinante como las temporadas de lluvia y bochorno o el agobio del verano o las jornadas en que la ciudad se vuelve tóxica como Neptuno por los caños de escape y las chimeneas de las fábricas. Pedimos té o jugo, no sé. Hablamos de toda la vida que se nos había metido en medio.

 

Su trabajo seguía en una búsqueda rara para el conjunto de este oficio. Mientras muchos van detrás del violentismo o cultivan la victimología para hacerse de premios o famitas o likes en Twitter, Daniela parece mantenerse ajena al griterío. Cuando me contó de sus planes, volví a ver en ella a la mujer que escribió la historia de aquella otra mujer secuestrada y a aquel hombre vencido, separados por la vida o por ellos mismos.

 

Entonces me acordé de Carver, como me acordé hoy: el agua está subiendo, la vida se nos pasa: importa cómo vives. Los riesgos que tomas, el honor que defiendes o decides —o permites— perder.

 

3.

 

A mediados de 2016, entonces, yo trabajaba —trabajo— aún en un libro sobre la muerte en la frontera de Estados Unidos y México. Daniela estaba en el otro extremo del péndulo carveriano, con la vida. Me mostró el tráiler de un documental en que trabajaba sobre hijos de desaparecidos de los ‘70 en México. Discutimos sobre el título posible. Quedé encantado por la pausa y respiración y la perfecta elección de imágenes de una protagonista, una mujer que hablaba de la vida después del dolor envuelta en la frescura de unas sábanas. Transmitía frescura y esa vaga idea que llamamos esperanza. Luego apareció otra mujer. En una de las imágenes más agrias esa nueva muchacha caminaba por un prado sembrado de árboles sin hojas con las ramas negras y tiesas. La mujer estiraba una mano y rozaba con los dedos un fruto seco. Parecía una metáfora de su existencia, dije a Daniela. Los frutos secos son el final de un ciclo, pero ese árbol gris que los sostiene todavía es capaz de producir más vida.

 

Daniela estaba embarazada de cuatro meses, pero yo no lo sabía.

¿Por qué asesina un soldado?, Por qué quien mata, mata. Qué se le murió antes. Cómo se sobrevive a la muerte. Cómo se muere en vida.

4.

 

Pedí café en El Péndulo, recuerdo ahora, y un jugo verde.

 

La vida y la muerte, Mr. Carver, nos siguieron rondando en el siguiente tramo de la conversación: Cadena de Mando. Daniela trabajaba con un grupo de colegas —el buen Pablo Ferri, Mónica González, varios diseñadores, un ilustrador, analistas de datos, tres encargados de imagen y más— en un proyecto para contar cómo varios soldados lidiaban con la idea de la obediencia debida, la norma con que las fuerzas armadas procuran garantizar el orden interno y la aplicación indiscutible/indiscutida de las órdenes.

 

En ese trabajo estaba otra vez la Daniela Rea de cuatro años atrás. Cadena de Mando no era un intento por demonizar a los soldados. Tampoco un ejercicio de embanderamiento bienpensante que dejaría contentos a activistas acelerados con la metanfetamina de la siguiente revolución o, más mundanos, con un próximo alarde autopromocional en Facebook. Daniela, Pablo y Mónica, que si están juntos es porque piensan en veredas similares, trataban de entender. Pensaban en la dimensión humana de las personas, que es siempre más compleja que la dimensión política, pues impone enfrentarse a uno mismo en el espejo sin más marco teórico que lo poco o mucho que pudo construir de sí. La decencia, la honestidad, la esquiva empatía —esas cosas de las que huimos, perdemos, lloramos a escondidas.

 

La obediencia consiste en que “la persona se ve así misma como el instrumento que ejecutar los deseos de otra persona, y por lo tanto deja de verse a sí misma como responsable de sus acciones”.

5.

 

Unos días después, Cadena de Mando estaba en el aire.

 

El equipo había entrevistado a seis soldados que participaron de choques donde murieron algunos hombres y mujeres, esos seres humanos que la jerga de seguridad despersonaliza llamándolos “civiles”. El trasfondo del proyecto: en ocho años, entre 2006 y 2014, en México hubo 3.520 enfrentamientos entre personas soldadas —militares— y personas normales —usted, civil. Por cada persona soldada muerta, dicen las estadísticas citadas por Cadena de Mando, hay 19 personas normales caída a balazos.

 

Cuántos de esos muertos tendrán una historia distinta a la oficial contada por las Fuerzas Armadas, se preguntan los autores. Y sobre todo, “¿por qué asesina un soldado?”

 

En esa pregunta radicaba la clave de la discusión, el trabajo periodístico. Entender.

No opinar —es tan gratis.

No criticar porque así lo dicta la norma bienpensante: ellos versus nosotros.

No señalar con el dedo opositor —es tan gratis.

Entender.

 

Por qué quien mata, mata. Qué se le murió antes. Cómo se sobrevive a la muerte. Cómo se muere en vida.

 

Mr. Carver: importan la vida y la muerte, porque importa quién eres y qué haces mientras te vas muriendo.

 

6.

 

Pasé la infancia durante la dictadura militar argentina en una ciudad pequeña de la pampa. Los militares, entonces, eran parte del paisaje: la normalidad para un chico de seis, ocho, diez años. En las carreteras detenían el auto de mi papá para pedir documentos de todos los viajeros, miraban dentro, preguntaban; yo los saludaba: eran tan lindos en sus uniformes. En la capital, paseaban por las calles en camiones altísimos y portentosos sentados rectos en la cajuela. Cuando se detenían junto a nosotros en los semáforos, yo los saludaba: eran tan simpáticos en sus uniformes.

 

Un par de veces vinieron a mi barrio. Un grupo entraba casa por casa y otro permanecía en las calles. Yo no sabía que era una razzia en busca de libros o armas o agendas o cualquier cosa que permitiera suponer a los habitantes de esas casas —comerciantes, un farmacéutico, un panadero, dueños de talleres mecánicos, un carpintero, empleados de dos fábricas de tractores: gente— un peligro inminente para la seguridad de la nación: subversivos terroristas comunistas antiargentinos. En una de esas ocasiones, uno de ellos, un teniente, me dejó hablar con su jefe por el walkie talkie. El teniente sonría, el otro también. Eran tan divertidos en sus uniformes. En 1982 llegó la guerra de Malvinas y ahí los militares se pusieron tensos. Chicos de mi ciudad —dieciocho, diecinueve años— fueron enviados con otros miles a las islas del Atlántico Sur a pelear con fusiles viejos contra el ejército profesional de Gran Bretaña. Perdimos la guerra, claro. Se veían tan sucios, tan tristes —tan poco personas soldadas, tan personas normales— en sus uniformes.

 

Personas normales, ordinarias, pueden muy probablemente seguir órdenes incluso matar a otro, porque la obediencia a la autoridad está enraizada en cómo somos educados.

A mis trece volvió la democracia y yo empecé a perder la ingenuidad. Los militares fueron llevados a juicio, tal vez, digo hoy, durante el gobierno del último estadista que tuvo Argentina, Raúl Alfonsín. Había cierta algarabía. Recuerdo a mi papá festejar. Un amigo de él, que había estado detenido y desaparecido por un tiempo, moriría un tiempo después —la vida/la muerte, Mr. Carver— y yo me encontraba con que aquellos héroes de uniforme —lindos, simpáticos, divertidos— tenían un costado repelente imposible de mirar. ¿Cuántos de esos soldados y oficiales que conocí pudieron ser torturadores? ¿Cuántas personas soldadas habrán matado a personas normales? ¿Quiénes? ¿Habré sonreído a uno de ellos en aquellos años niños? ¿Me habrá sonreído él?

 

Tres años después de los primeros juicios, el gobierno de Alfonsín firmó la extinción de las causas contra los militares en los tribunales. Había pasado por dos intentos de golpes de Estado —los milicos, aún jóvenes, aún con siete años de dictadura y poder en la sangre y la cabeza, tomaron cuarteles y avanzaron con tanques— y, por ellos, el gobierno argentino tomó la decisión de promulgar las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Siempre vi a esas leyes con mayúsculas, determinantes, históricas: antes y después de ella, vida y muerte, Mr. Carver, no se verían igual.

 

La ley de Punto Final ponía una fecha límite para las denuncias que la Justicia evaluaría. La de Obediencia Debida establecía que, por debajo del grado de coronel, todo oficial o soldado que hubiera cometido delitos durante la dictadura, no sería llevado a juicio en virtud de que cumplía —por obediencia debida a sus jefes— órdenes superiores. Sólo quedaron fuera de la norma, imprescriptibles, el secuestro y apropiación de niños y los robos de propiedades. (Menores y capital: los que no pueden defenderse y lo que siempre se defiende.)

 

Yo tenía dieciséis años y las hormonas alistadas para asaltar cien castillos. Insulté a Alfonsín por años. Las leyes eran la sanción de la impunidad, su determinación escrita en piedra. Siete años de milicos, miles de muertos, quién sabe cuántos desaparecidos, la destrucción económica del país y una guerra criminal: sucumbíamos a la oscuridad.

 

Me tomó años —y largas conversaciones con un tipo increíble, Julio César Strassera, el jefe de los fiscales que lograron meter presos a cientos de criminales— entender las dimensión de las decisiones de Alfonsín. Hoy comprendo la lógica de la realpolitik, pero aún me duele ese pasado y la imposibilidad de aquella justicia completa.

 

El pasado nunca muere, decía Faulkner: todo es pasado. Y todo eso volvió a mí cuando vi los primeros especiales de Cadena de Mando. La vida y la muerte otra vez, Mr. Carver, haciéndose importantes.

 

 

7.

 

Aquel día de aquel café, recuerdo que mencioné a Daniela una investigación que había leído hacía tiempo y que, apenas un tiempo atrás, había tenido una versión en película. La película se llama Experimenter y actúan Winona Ryder y Peter Sasgaard, que recrea al psicólogo social Stanley Milgram, autor de uno de los experimentos sobre obediencia más famosos del mundo. El Experimento Milgram pedía a un grupo de personas que, una por una, administrase un shock eléctrico a otra persona —ubicada en otra habitación y conectada por cables a un generador— cada vez que fallase en dar la respuesta correcta a un cuestionario. Las cargas eléctricas eran bajas al inicio —15 voltios— pero subían con cada contestación errónea hasta llegar a unos inverosímiles 450 voltios.

 

La Cadena de Mando es un testimonio de nuestra volubilidad como personas. Qué elegimos hacer. Qué obedecer. Por qué. Cómo.

El torturado era un actor, parte del equipo de Milgram en la Universidad de Yale, y las cargas de electricidad eran falsas. Todas sus respuestas estaban programadas: debía acertar algunas y tenía que errar en varias. Sus gritos, al otro lado de una pared, eran actuados. En realidad, el objeto de estudio no era el torturado sino el torturador: las personas que se sometían, libremente, a administrar una descarga eléctrica a un tercero porque un científico pedía que lo hiciera. El participante era llevado al laboratorio bajo la idea de que participaría de un estudio sobre aprendizaje y memoria.

 

El Experimento Milgram, realizado en 1961, fue un estudio sobre la obediencia a la autoridad. Cuando el torturado comenzaba a gritar que lo liberasen, el torturador era confrontado con la posibilidad de continuar o detenerse. Si entonces dudaba y preguntaba al científico si era saludable seguir, Milgram le diría que no eran tan peligroso como parecía y que tenía que continuar. El 65% de los participantes siguió torturando hasta llegar a los 450 voltios. Aunque habían sido informados de que implicaría un daño severo para el torturado, todos los participantes apretaron el interruptor hasta los 300 voltios. Todos los participantes eran hombres.

 

El estudio de Milgram fue objeto de severas críticas éticas, pero el psicólogo —que había ideado el experimento tras observar el juicio al nazi Adolf Eichmann en 1962— insistió en su validez. En la presentación de su estudio, titulado Behavioral Study of Obedience, Milgram escribió que la obediencia consiste en el hecho de que “la persona se ve así misma como el instrumento que ejecutar los deseos de otra persona, y por lo tanto deja de verse a sí misma como responsable de sus acciones”. Según Milgram, una vez que este “cambio crítico del punto de vista” sucede el seguimiento de órdenes se vuelve casi continuo. ¿De qué depende su detención? De que la persona —el torturador— recupere el control de la toma de decisiones. Vuelva a ser él.

 

El Experimento Milgram fue empleado para explicar cómo los soldados nazis de los campos de concentración masacraban prisioneros judíos sin aparente reserva moral. Milgram se preguntaba si Eichmann y millones de otros soldados estaban sólo siguiendo órdenes y si debían ser todos considerados cómplices del Holocausto y, tras su propio experimento, muchos otros han tratado de reproducir el modelo o alguna variante, como el estudio de la relación guardia-prisionero efectuado en la cárcel de Stanford County en 1971, que probó que, "THE REAL LESSON OF THE STANFORD PRISON EXPERIMENT" en ciertos ambientes, el comportamiento salvaje de las personas puede ser incontrolable.

 

En cualquier caso, desde Milgram, está claro que personas normales, ordinarias, pueden muy probablemente seguir órdenes de una autoridad, incluso al extremo de matar a otro ser humano, porque la obediencia a las figuras de autoridad está enraizada en el modo en que somos educados, desde la familia a la escuela al lugar de trabajo. Las personas tienden a obedecer a quien está investido de peso moral —como un científico— o poder legal: un oficial de policía, un militar, el presidente.

 

Si personas instruidas pueden torturar o matar a una sola orden, ¿qué debemos esperar de soldados nacidos en la pobreza extrema? ¿Qué tipo de soldado es una persona soldada quebrada desde el inicio?

Según Milgram, las personas exhiben dos tipos de comportamiento: el estado autónomo, en el que son responsables de todas las decisiones que toman; y el “estado de agente”, cuando las personas permiten que otros tomen las decisiones y pasan la responsabilidad por sus actos a quien ordena porque lo ven como un mandante —o comandante— legítimo y asumen que él tomará responsabilidad final por lo que hagan. Así es como la Obediencia Debida funcionó en la Alemania nazi, durante las dictaduras latinoamericanas de los 70, como funciona en Guantánamo y como lo hizo en Abu Ghraib. Como muy probablemente lo hizo, también, en Tlatlaya y, tal vez, Ayotzinapa.

 

La Cadena de Mando es un testimonio de nuestra volubilidad como personas. Qué elegimos hacer. Qué decidimos obedecer. Por qué. Cómo. La vida, la muerte: importa cómo uno va ante todo, Mr. Carver.

 

 

8.

 

La pregunta fundacional de Cadena de Mando pretende responder a Milgram de un modo brutal: mientras el científico realizó un experimento controlado, el equipo de Daniela, Pablo y Mónica fue a mirar la realidad. A entender.

 

¿Qué llevó a esos chicos a obedecer órdenes de disparar sobre personas desarmadas? ¿Qué a disparar sin verificar si —unos u otros— estaban armados? ¿Por qué torturar a alguien que es igual a ti? ¿Por qué abusan de la fuerza? Si una persona normal puede ser convertida en persona soldada por una figura de autoridad investida de legitimidad, si personas instruidas —varias en el estudio de Milgram, varias más en la cárcel de Stanford, miles y millones durante el nazismo, cientos o miles en las dictaduras— pueden torturar o matar a una sola orden, ¿qué debemos esperar de policías y soldados nacidos en la pobreza extrema, sin educación, acostumbrados a generaciones de sometimiento, cuasi esclavismo y humillación? ¿Qué tipo de soldado es una persona soldada quebrada desde el inicio?

 

En el extremo de la brutalidad están los niños soldados —Beasts Of No Nation es un ejemplo de ello—: pequeños secuestrados por milicias o enviados por sus padres a los ejércitos como único mecanismo de supervivencia, formados en una moral amoral y cínica, convertidos en máquinas de matar cínicas, compulsivas, inhumanas.

 

En algún otro lado del espectro, el soldado perturbado, incapaz de ajustarse tras meterse en crímenes brutales. Desde la guerra de Vietnam, Estados Unidos ha venido estudiando el síndrome de estrés postraumático (PSD, su sigla en inglés) que inhabilita a los soldados a tener una vida normal una vez que dejan las armas. En una ocasión, un ex marine me explicó cómo operaba en él el remordimiento por sus acciones. El hombre —criado en un pueblo de Michigan, un redneck asumido, con apenas la secundaria terminada— se había enrolado y acabó en la primera guerra del Golfo, en los 90, marchando por Bagdad. Su primera percepción de la muerte, decía, fue casi una risa: misiles cayendo sobre Bagdad en plena noche, como en un videojuego, reventando la ciudad por los cuatro costados pero sin que se viera un solo muerto. La muerte virtual, una muerte irreal, fría, en pantalla: incapaz de producir demasiada culpa, algún dolor. Luego, ya en las calles, enfrentándose a la muerte ajena y a la propia, pero retirándose pronto de la escena sin tiempo a contemplar el cadáver enemigo ni, mucho menos, el de los propios compañeros, enviados de regreso a Estados Unidos a hangares donde se celebraban ceremonias de duelo privadas sin la cámara de la prensa cerca. Muertes invisibles, escondidas, desaparecidas. En algún momento todo eso pega, decía, pero no nos preparan para eso. “Yo he sido criado bajo la idea de la supresión de emociones, you deal with death and then you move on, por lo tanto debes eliminar el dolor, superarlo. Your mind is full of shit and you need to get that out of the system. Y ese es el punto: nadie suprime emociones, sólo las reprime. Supresión es eliminación completa y es imposible: nunca dejas de sentir. Reprimir es lo que hacemos, y tarde o temprano, you explode”.

 

 

9.

 

La vida y la muerte —y cómo se llevan con ella, Mr. Carver— están presentes en cada centímetro de Cadena de Mando. Cada segmento de la producción de Daniela, Pablo y Mónica queda atrapado por la dicotomía entre vivos y muertos y cómo los vivos —los únicos que quedan con voz, con algún alma, pues a otros nada más los han dejado en cuerpo—, cómo los vivos, digo, viven-sobreviven-superviven:

 

“Matar o morir”.

 

“Abuso de la fuerza”.

 

“Patrones”.

 

“Crímenes”.

 

 “Obediencia”.

 

Había un profundo interés humanista en Milgram en su experimento gatillado —disculpen el término— por el método científico, y ese mismo interés humanístico está en el equipo de Cadena de Mando, armado —disculpen el término— del método periodístico.

 

El fondo, en ambos trabajos, es el mismo.

 

No es el juicio. No la bandera enarbolada contra los malos porque está bien hacerlo así, almas buenas. No la opinión gratuita de comentarista de bar. No la militancia de Facebook.

 

Es entender. Entender es peligroso, pues cuando uno entiende la vida se hace más difícil, menos simple y blanquinegra. Uno se ensucia en el matiz y no sale igual de las contradicciones. Uno descubre que hay una dimensión legal —quien mata debe ser investigado y, eventualmente, juzgado y pagar por ello— pero también hay una dimensión personal, civil: por qué.

 

Entender es peligroso. Revoluciona. Entender destruye dogmas.

 

 

10.

 

Volví a ver a Daniela a fines de septiembre de 2016, en la lectura colectiva de Una historia oral de la infamia, el libro de John Gibler sobre Ayotzinapa, donde ella puso voz a uno de los capítulos. Ya entonces el embarazo iba por el sexto mes y se le notaba una panza de bombo medio cómica que la hacía caminar con la espalda echada para atrás. Apenas hablamos. Yo me fui temprano.

 

Un día después, nos encontramos por Facebook y nos pusimos al día. Nuestras vidas siguen cambiando y ahora Daniela está más pre-ocupada —que no es igual que estar preocupada— con la vida existente y la que vendrá. Ha estado leyendo sobre crianza, y en una de esas lecturas, aún no recuerdo por qué, cayó en el The Road de Cormac McCarthy. Daniela subió una foto del libro con el fragmento en que El Padre entiende que, para salvar a El Hijo, es posible que deba considerar matarlo con sus propias manos.

 

Se lee:

 

“¿Eres capaz de hacerlo? ¿Cuando llegue el momento? Cuando llegue el momento no habrá momento que valga. El momento es ahora. Maldice a Dios y muere. ¿Y si la pistola no dispara? Tiene que disparar. ¿Y si no dispara? ¿Podrías aplastar ese cráneo amado con una piedra? ¿Existe dentro de ti un ser semejante del cual tú no sabes nada? ¿Es posible? Estréchalo entre tus brazos. Así. El alma es ágil. Atráelo hacia ti. Dale un beso. Rápido”.

 

En la novela, McCarthy toma una decisión narrativa impecable: ninguno de sus personajes lleva nombre. El Padre. El Niño. El Veterano. La Mujer. El Hombre Malo del Camión. El Ladrón. La Mujer con El Arco. De tal modo, cada personaje puede ser miles. Cada hombre y mujer y niño puede ser cualquier hombre y mujer y niño. Cada uno de ellos podemos ser nosotros. Es el principio de universalidad literaria: que la historia hable a todos de un modo en que cada uno pueda identificarse, que cada uno ponga en juego sus creencias y valores en su relación con cada personaje, la trama, el trasfondo.

 

De modo que Daniela subió esa foto y no dijo mucho más para que varios, allí, comentásemos algo. Todos, creo hoy, entendimos el dilema.

 

“¿Matarían por amor?”, pregunté yo. “Tal vez (yo)”.

 

“Pienso muchas cosas”, respondió Daniela. “Que si he de matar por amor sea sólo a mi o al que amo (y lo necesita). Si decido no matar, que sea más por amor a mi que al que digo amar”. Y siguió: “Tengo una plática recurrente con mi pareja: si me enfermo, no me entubes, déjame morir; tampoco me entierres: con esa lana vete a pasear por el mundo. Creo que es más fácil pedir que te maten a cumplir una promesa de matar por amor”.

 

Y concluí yo, parcialmente: “La muerte del otro ha de ser mejor que su pervivencia en un mundo de mierda. Y, aún así, me cuestiono: ¿cómo, con qué derecho? Is it in you?”

 

Matar, morir.

 

Life and death matters, yes. And the question of how to behave in this world, how to go on in the face of everything, decía Mr. Carver.

 

El tiempo es corto.

El agua sube.

 

Supongo que vivir más o menos bien ha de ser que aprendamos a manejarnos con nuestras propias cadenas de mando.

Este reportaje fue realizado como parte de la Beca Mike O´Connor del International Center for Journalists (ICFJ) y de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, que ICFJ tiene en alianza con Connectas.