JAVIER EDUARDO: tortura hasta la muerte

 

El lunes por la noche Filo no llegó a casa, pero Margarita, su mamá, no se inquietó demasiado. Esa mañana había hablado con la abuela del chico, su propia madre. Le había dicho que sí, que lo había visto en el parque. Le llamaban así de cariño, Filo, pero su nombre de verdad era Javier Eduardo. Tenía 21 años y era técnico radiólogo. Trabajaba en un hospital y vivía con su mamá y la pareja de ella.

 

Era el mes de abril, del año 2009 en Ciudad Juárez, al norte de México. Hacía poco tiempo que el Gobierno federal había mandado 2 mil ilitares y policías a esa y otras ciudades del estado de Chihuahua. El objetivo era contener la embestida violenta de los grupos delictivos. Al desembarco masivo de efectivos le llamaron Operativo Conjunto Chihuahua.

 

En noviembre de 2008, el diario La Jornada publicaba una de tantas notas sobre la situación en Juárez. El segundo párrafo empezaba así: “De 2003 a 2007 Ciudad Juárez tuvo mil 181 homicidios; pero sólo este año ya van mil 350, aparte de los 45 ejecutados que aparecieron en dos narcofosas”.

 

En mayo del 2016, Margarita recordaba aquello. “A mí, la verdad no me afectaba... Sí, claro, me afectaba ver las muertes y las torturas. Pero uno nunca se imagina que va a ser parte de eso...”.

 

Filo y su mamá habían discutido el domingo . Ese día Filo llegó a casa con su amigo Sergio. Le preguntó a Margarita si se podía mudar con ellos y ella respondió que no. Filo se enfadó, abrió la puerta y se fue. Volvió más tarde, pero no entró. Se acercó a la ventana que le quedaba más cerca a su mamá y le dijo: “si me levantan, vas por mí”.

 

“Yo le dije, ‘sí, hombre”, recuerda ahora Margarita. Esa fue la última vez que lo vio con  vida. Filo volvió a la casa como las tres de la madrugada. Margarita se acuerda porque esperó despierta en la cama. Escuchó cómo cerraba la puerta de su cuarto.

 

El martes Filo tampoco llegó a dormir y Margarita se inquietó. Ese día su abuela no supo de él. “Bueno, pues ha de andar por ahí”, quiso pensar.

 

El miércoles, Margarita recibió una llamada de la mamá de Sergio, el amigo de Filo. Le dijo que no los encontraban. Desde el principio, Margarita pensó que Sergio y Filo andaban juntos. La llamada la puso en alerta. Cuando colgó se fue del trabajo –Margarita laboraba de intendente en una escuela–, fue por la mamá de Sergio y salieron juntas a buscarlos. Fueron a Babícora, en la zona sur, al barrio de Aldama, en la norte. Luego acudieron a la fiscalía. Allí les dijeron que igual se los habían llevado a la cárcel. Como ya era tarde, quedaron en ir juntas el día siguiente.

 

El jueves, camino del trabajo, en el autobús, la mamá de Sergio volvió a llamar. “Me dijo ‘acaba de llegar Sergio, pero está muy golpeado. Lo voy a llevar al hospital”. “¿Y mi Javier?”, le preguntó Margarita. “No, [Sergio] no lo pudo traer”. ¿De dónde?, insistió. ‘De allá del cerro. Allá los dejaron’.

 

“No, pues me bajé de la ruta, loca… No sabía qué hacer. Me puse a hablar por teléfono a mis hermanas. Ya fue una por mí, una de mis sobrinas. Fuimos al hospital a ver a Sergio. Al verlo fue una impresión muy grande, porque estaba muy mal. Él era muy delgado. Estaba pésimamente mal. Y mi hijo era más delgado que él. Le pregunté que qué había pasado. Y me dijo que los habían levantado los militares”.

 

A Filo no lo encontraron hasta el día siguiente, el viernes 10 de abril del 2009. Su cuerpo apareció en mitad de un camino de tierra en el cerro del águila. Vestía una sudadera azul y un pantalón de mezclilla negro. Estaba descalzo. Filo medía 1.65 metros, tenía los ojos color café y el cabello negro.

 

En mayo de 2016, Margarita contaba en Ciudad Juárez que la justicia se le ha escapado durante mucho tiempo. Apenas en 2014 se enteró que un juez había mandado a la cárcel a un teniente del Ejército mexicano, a un coronel, un sargento y un soldado por lo que había pasado con su hijo. Antes había acudido a la Comisión Estatal de Derechos Humanos y a la fiscalía de Chihuahua. Y nada.

“Le pregunté que qué había pasado. Y me dijo que los habían levantado los militares”.

Aún en el hospital, la fiscalía del estado había tomado declaración a Sergio. Lucy Sosa, reportera del Diario de Juárez, recuerda que el joven acusó a los militares: les habían levantado y les habían torturado para tratar de conseguir información sobre venta de drogas. En una de sus notas de 2009, Lucy Sosa menciona una entrevista que Sergio concedió a una cadena de televisión. “Javier fue más golpeado porque traía un tatuaje y le dijeron que era integrante de la banda Los Aztecas”.

 

Por entonces, los delitos cometidos presuntamente por militares se investigaban y juzgaban en tribunales castrenses, asunto que seguiría igual hasta 2010. Por ese motivo, la fiscalía de Chihuahua, que había acreditado la posible participación de personal militar en el secuestro de Sergio y Javier, y la muerte del segundo, le pasó la investigación a la Procuraduría General de Justicia Militar, que tardó cuatro años en consignar el caso a un tribunal.

 

En una conversación que Margarita mantuvo en 2009 con la reportera Lucy Sosa, dijo: “[Filo] trabaja en un hospital y, aunque sí es vago, no merece que lo traten así”. Esa charla ocurrió horas antes del hallazgo del cuerpo de Filo. Lucy y Margarita se acababan de conocer. El viernes 10 de abril del 2009, la reportera acudió al domicilio de la mamá con su carro. Ambas se fueron juntas al cerro, a buscar a Filo.

 

Y fue más gente, las hermanas y hermanos de Margarita, amigos de Filo, más reporteros… La tarde anterior ya habían empezado a rastrear, pero no habían encontrado nada. Estuvieron cuatro horas por el cerro, cerca de donde les había dicho Sergio, junto a una ladera en que unas bombillas forman la silueta de Benito Juárez. Al día siguiente antes de mediodía, lo encontraron.

 

En la crónica que publicó en el Diario de Juárez, Lucy Sosa escribió: “La familia se mantuvo por la zona que da al rostro de Benito Juárez. Margarita y sus hermanas, sobrinos y vecinos, iba al frente del contingente, mientras que los amigos de Filo se habían adelantado varios metros pues llegaron poco antes. La madre resbaló, tropezó, se golpeó y sus brazos y piernas sufrieron rasguños, pero no desistió. A lo lejos se escuchó un grito ¡aquí está! Y fue cuando la mujer no pudo más. Cayó de bruces y soltó el llanto, luego su cuerpo se estremeció al no poder contener el vómito provocado por el dolor, el estrés, el cansancio y el coraje”.

 

El sobreviviente

Su nombre completo es Sergio Gerardo Fernández Lazarín. Cuando se recuperó y habló, el amigo de Filo contó lo que había pasado.

 

Margarita recuerda que Sergio le dijo que los habían levantado porque les encontraron con droga. En 2009, Margarita le había contado a Lucy Sosa que la noche del lunes y la madrugada del martes, Filo, Sergio y más amigos habían estado bebiendo en una casa en el mismo barrio. Que el martes por la mañana fueron a comprar más cerveza y que cuando salieron a comprar los levantaron. Serían las 11 de la mañana. Cuando este equipo de reporteros habló con ella el pasado mayo de este año, Margarita no mencionó estos detalles. De hecho dijo que los empezaron a buscar el miércoles, no el martes, como explicaba en 2009.

 

Sergio dijo además que los subieron a una camioneta y les taparon la cara. Les llevaron a una habitación, les desnudaron y les dieron otra ropa. Menos los zapatos: les dejaron descalzos. En el cuarto había más gente. A todos los torturaron; a Filo más, por los tatuajes. Les preguntaban que quién vendía droga en la colonia, que dónde.

 

Luego, contaba, los llevaron al cerro. Solo ellos dos. Allí les soltaron. “Todavía les apedrearon”, cuenta Margarita. Les liberaron en el cerro, descalzos, golpeados. Les dijeron que corrieran,  mientras les tiraban piedras. Era la madrugada del jueves, cerca de la cara de Benito Juárez, de las luces. De tanto correr se perdieron y empezaron a gritarse, para encontrarse. Luego, cuando se vieron, empezaron a bajar. Encontraron una botella y bebieron, tenían mucha sed.

 

Margarita recuerda: “Y ya mi hijo… [Sergio] dice que sentó, vomitó y ya no se pudo levantar. Ya no más le dijo que le encargaba a su mamá, a su hermano, que los cuidara mucho y a su perro, que no lo dejara. Decía que tenía mucho frío y [Sergio] buscó un cartón para taparlo. Y ahí lo dejó. Él, como pudo, salió por allí, salió caminando. Para ese entonces había luna llena, dice que había mucha luz ahí en el cerro. Se iba fijando por donde iba caminando. Dice que ya salió por el Camino Real”.

“En el cuarto había más gente. A todos los torturaron; a Filo más, por los tatuajes”.

Sergio salió. Vio a unos militares. Les contó de su amigo. No queda claro de lo que dice Margarita, si los militares eran los mismos u otros. Sergio les contó de Filo y ellos le dijeron que si quería que volviera él a buscarle. Si quería, le dijeron, le llevaban a casa, pero hasta ahí.

 

Pasaron 24 horas. Más. Los forenses llegaron a las 13:45 del viernes 10 de abril de 2009. Hacía calor, 32 grados. Lucy Sosa recuerda que cuando vieron el cadáver, a algunos les pareció raro. “Sus brazos estaban así, como cruzaditos. Nosotros creemos que el cuerpo se lo llevaron y lo volvieron a dejar”. En su informe, los forenses notaron, primero, que aquella trocha polvorienta donde habían encontrado el cuerpo era un sitio distinto del que había muerto. Luego, los peritos se dieron cuenta, que a Filo tenía hematomas en los glúteos y quemaduras “en la región escrotal y región lateral derecha de abdomen”.

Este reportaje fue realizado como parte de la Beca Mike O´Connor del International Center for Journalists (ICFJ) y de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, que ICFJ tiene en alianza con Connectas.